La Rebelión de mamá

 I



La memoria es así, caprichosa y juguetona. A veces, inventa historias que parten como ahora y en este preciso momento de fotografías. Fotografías que cuando pasa el tiempo y a fuerza de verlas van creando personajes. Este personaje que se vislumbra en aquella vieja foto es observado por una niña y después por una adolescente y después por mí. Sí,  yo soy una mujer madura convulsa como los tiempos que me han tocado vivir y dispuesta a contaros algunas cosas.
Mari Carmen está vestida de blanco en una vespa y posa feliz junto a su amiga a las puertas de la por aquellos años fábrica de Intelhorce,  donde muchísima juventud malagueña desarrolló un trabajo industrial y donde más concretamente el sexo femenino de esta ciudad se incorporó a los nuevos tiempos. La falda amplia, la sonrisa ancha, el peinado muy cardado, al uso, y muchas ganas de vivir. Con una cinta que enmarca la cabeza y un flequillo espeso y recto. Al lado su amiga, esa compañera de cofidencias con la que solía pasar las tardes  cuando terminaba el turno y a la que contaba todos los secretillos que el día le ofrcía.  Sonríen,  se les ve felices, nada saben de lo que les acontecerá y tampoco parece que les importe.
(…)
Te diré que me encantaba ir a casa de mi abuela materna y estar con mis tías, Inma e Isabel, para mí tita Conchi y mi tita Rubia. Ese cuarto empapelado de floresotas con dos camas niqueladas y un armario de los de antes con llave y todo. Revuelto, lleno de ropa setentera de mi tía Conchi. Ella era la menor de las hermanas y nadie la comprendía porque el mundo en sólo unos  años había cambiado tanto….
Aquella tarde Mari Carmen no quedó con Luchi, quedó con un chico al  que ella tiraba los trastos desde que se mudaron a calle Mármoles y que todas ya daban por perdido. Pedro rozaba ya la treintena, clareaba en la azotea donde antes hubo negra y ensortijada espesura y atesoraba unos ojos verdes en cinemascope. Con sus camisas de seda, y ese encanto que sólo los pillos poseen, tenía muy revuelto el patio,  pero Mari Carmen nunca fue blanda en cuanto a lo que se proponía,  y hoy por fin estaba dispuesta a dejar a su novio formalmente establecido y dar paso al encantador verdulero de ojos arrebatadores y pretensiones cinéfilas.

Mari Carmen: Hola, qué tal ha ido el día.
Pedro: Bien, no me quejo,  buena venta. Y tú, cómo que al final te has decidido a venir sin el langui de tu novio.
Ya sabes de los cobardes nunca se ha escrito na, guapito de cara.
Vaya que chulilla estás hoy. Si lo sé no vengo.
Bueno abreviando que a las nueve y media tengo toque de queda.
Pedro le ofreció un cigarrillo y ella muy decidida lo aceptó. Nunca había dado una calada pero es que era tan moderno… Aspiro el humo despacio e hizo como si fumara desde hacía tiempo. Poco engañó a Pedro con esas poses ya que él le llevaba unos cuantos añitos. De todos modos  ambos se rieron y ella le dijo que no solía fumar,  pero que desde hoy alguno que otro caería.
Montaron en la vespa de Pedro y se perideron por el pedragal que hacía entonces las veces de carretera.

No había clareado el alba y Mari Carmen a tientas buscaba su ropa por la habitación, la noche anterior no había tenido tiempo de prepararla como en ella era costumbre. Al lado la bata, todavía  tiesa y por algunos lados húmeda. En sigilo cogió los trapos y se salió de puntillas al salón. Rubia roncaba a pierna suelta y no quería despertarla. Como todos los días sobre las 6 de la mañana se componía para coger puntualmente el coche que la llevaba a la fábrica, pero esta mañana soñaba con el día que no tendría que cogerlo más.
Todavía tenía en sus oídos las risas de Pedro y aún percibía en el aire el aroma de su perfume. Qué estupendo guateque con todos aquellos amigos de Pedro, y aquellas canciones yeyés aún resonando en su cabeza.


VIAJE


Entró despacio, tenía prisa, se expandió en el colchón completamente estirada y pensó que debía cerrar los ojos una vez más. Todo había ido tan rápido y sin embargo ella tenía la sensación de que había sido  justo lo contrario.

Su vida se le antoba gris, no,  mejor beigge o camel, sí camel, ese color tan difuso y anodino al que acudimos todas cunado queremos ser elegantes y tenemos poco dinerito. Ya poco importaba nada, había tomado algunas decisiones que no tenían vuelta hacia atrás. Estaba cansada de luchar contra tantas cosas... Nunca más sufriría la mirada de la negación. Ya habían sido suficientes, a partir de ahora su tiempo era precioso y en la medida de lo posible no lo entregaría a quien o qué no lo merece.

El cabello le empazaba a clarear en ciertas partes, la figura por momentos se desdibujaba, la delgadez de otro tiempo había dejado paso a una voluptuosidad bottichelesca. Sus ojos eran pardos, su mirada vivaz, su gesto aún nervioso guardaba vestigios de una alegre juventud. La piel cetrina, pecosa, la mandíbula recta, la cabeza pequeña y la nuca esplendorosa. Físicamente sus 45 años de falta de actividad deportiva y sobrealimentación habían dejado sus huellas, y aunque su espíritu se resistía, poco a poco iba aceptando su realidad.

Fue la última entrevista de trabajo de las muchísisimas a las que había tenido el dudoso placer de acudir. Como siempre nada era suficiente, como siempre no se adecuaba al perfil.  Estaba casada desde su tierna juventud con un hombre bueno al que quería y respetaba. A la sombra ecónomica  de él, con intervalos de aportaciones propias,  conseguía subsistir. Si bien su trabajo invisible, ése por el que ninguna mujer cobra, lo seguía desarrollando hasta el momento.

Quizá Plácido no merecía lo que ella le iba a hacer, pero es que ya no tenía mucho tiempo para pensarlo, o al menos eso pensaba. Así que cogió todo el dinero de que disponía y se fue a un "Chino" a comprarse una maleta. Nunca había salido de su entorno, no tenía ni maletas ni ningún sello en el pasaporte, ni fotografías de lugares lejanos subidas al móvil en su facebook, pero... esta vez sí.

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