martes, 11 de noviembre de 2014
miércoles, 16 de julio de 2014
Viaje
Entró despacio, tenía prisa, se expandió en el colchón completamente estirada y pensó que debía cerrar los ojos una vez más. Todo había ido tan rápido y sin embargo ella tenía la sensación de que había sido justo lo contrario.
Su vida se le antoba gris, no, mejor beigge o camel, sí camel, ese color tan difuso y anodino al que acudimos todas cunado queremos ser elegantes y tenemos poco dinerito. Ya poco importaba nada, había tomado algunas decisiones que no tenían vuelta hacia atrás. Estaba cansada de luchar contra tantas cosas... Nunca más sufriría la mirada de la negación. Ya habían sido suficientes, a partir de ahora su tiempo era precioso y en la medida de lo posible no lo entregaría a quien o qué no lo merece.
El cabello le empazaba a clarear en ciertas partes, la figura por momentos se desdibujaba, la delgadez de otro tiempo había dejado paso a una voluptuosidad bottichelesca. Sus ojos eran pardos, su mirada vivaz, su gesto aún nervioso guardaba vestigios de una alegre juventud. La piel cetrina, pecosa, la mandíbula recta, la cabeza pequeña y la nuca esplendorosa. Físicamente sus 45 años de falta de actividad deportiva y sobrealimentación habían dejado sus huellas, y aunque su espíritu se resistía, poco a poco iba aceptando su realidad.
Fue la última entrevista de trabajo de las muchísisimas a las que había tenido el dudoso placer de acudir. Como siempre nada era suficiente, como siempre no se adecuaba al perfil. Estaba casada desde su tierna juventud con un hombre bueno al que quería y respetaba. A la sombra económica de él, con intervalos de aportaciones propias, conseguía subsistir. Si bien su trabajo invisible, ése por el que ninguna mujer cobra, lo seguía desarrolando hasta el momento.
Quizá Plácido no merecía lo que ella le iba a hacer, pero es que ya no tenía mucho tiempo para pensarlo, o al menos eso pensaba. Así que cogió todo el dinero de que disponía y se fue a un "Chino" a comprarse una maleta. Nunca había salido de su entorno, no tenía ni maletas ni ningún sello en el pasaporte, ni fotografías de lugares lejanos subidas al móvil en su facebook, pero... esta vez sí.
Su vida se le antoba gris, no, mejor beigge o camel, sí camel, ese color tan difuso y anodino al que acudimos todas cunado queremos ser elegantes y tenemos poco dinerito. Ya poco importaba nada, había tomado algunas decisiones que no tenían vuelta hacia atrás. Estaba cansada de luchar contra tantas cosas... Nunca más sufriría la mirada de la negación. Ya habían sido suficientes, a partir de ahora su tiempo era precioso y en la medida de lo posible no lo entregaría a quien o qué no lo merece.
El cabello le empazaba a clarear en ciertas partes, la figura por momentos se desdibujaba, la delgadez de otro tiempo había dejado paso a una voluptuosidad bottichelesca. Sus ojos eran pardos, su mirada vivaz, su gesto aún nervioso guardaba vestigios de una alegre juventud. La piel cetrina, pecosa, la mandíbula recta, la cabeza pequeña y la nuca esplendorosa. Físicamente sus 45 años de falta de actividad deportiva y sobrealimentación habían dejado sus huellas, y aunque su espíritu se resistía, poco a poco iba aceptando su realidad.
Fue la última entrevista de trabajo de las muchísisimas a las que había tenido el dudoso placer de acudir. Como siempre nada era suficiente, como siempre no se adecuaba al perfil. Estaba casada desde su tierna juventud con un hombre bueno al que quería y respetaba. A la sombra económica de él, con intervalos de aportaciones propias, conseguía subsistir. Si bien su trabajo invisible, ése por el que ninguna mujer cobra, lo seguía desarrolando hasta el momento.
Quizá Plácido no merecía lo que ella le iba a hacer, pero es que ya no tenía mucho tiempo para pensarlo, o al menos eso pensaba. Así que cogió todo el dinero de que disponía y se fue a un "Chino" a comprarse una maleta. Nunca había salido de su entorno, no tenía ni maletas ni ningún sello en el pasaporte, ni fotografías de lugares lejanos subidas al móvil en su facebook, pero... esta vez sí.
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